viernes, 26 de mayo de 2017

Redonda mesa redonda


La redondez de la mesa redonda estaba asegurada por su cuidada simetría cronológica. Entre Francisco Bejarano y yo están los veinte años que me llevo con José María Contreras. Rodó muy bien, pero tengo para mí que lo más redondo pasó fuera, nada más salir. Bejarano había contado que, aunque espera y reza todos los días, no está nada seguro de su fe. En la puerta, José María Contreras le susurró un escolio de Nicolás Gómez Dávila: "Nadie tiene más fe que el ateo que ora". No sé si Francisco Bejarano se emocionó como yo, pero la idea le impresionó vivamente. En algún lugar secreto de la tarde que caía dorada sonó "click". Se cerraba, perfecto, el aro de oro de la mesa redonda.




jueves, 25 de mayo de 2017

Qué Cruz


Volviendo del trabajo, en la SER siempre me pilla por sorpresa la sección "El revés y el derecho" de Juan Cruz. Y qué desastre. No he visto a nadie nunca jamás más incapaz de pasar de la anécdota a la categoría. Ahora, también la alegría de las buenas lecturas tiene forma de Cruz. Gracias a tal desastre, he vuelto a leer, nada más llegar a casa, el Glosario de Eugenio d'Ors.


miércoles, 24 de mayo de 2017

Citius, altius, fortius


La previa

Me he levantado con agujetas. Ayer, por la emoción del partido, para entrenar y para deslustrar un poco mi flamante equipación deportiva, me fui a correr, trotar, andar, pararme... y vuelta. Aceleraba un poco más cuando me cruzaba con alguna chica haciendo running a velocidades de vértigo. Llegué a casa derrengado. A Leonor le chocó de lejos que no le hubiese quitado la etiqueta ni a la camiseta ni a los pantalones. Como quería estar en forma, me decidí por fin a abrir el pseudo-coco que nos había regalado el frutero asegurándonos que es la fruta de moda y que su líquido es muy energético. Energético no sé: malo estaba un rato.

Entre mis agujetas, Quique me ha confesado que le preocupa lo malos que somos. "Lo importante es ser mejores que nosotros mismos", le he dicho, y para fomentar el espíritu olímpico he puesto en el coche poemas de Juan Antonio González Iglesias: 

[...] 
atleta de los émbolos, de los muslos gemelos,  
feliz, triunfal, infante sorprendido y acuático,  
sincronizada toda tu hermosura, sonríes.  

A Carmen no le ha entusiasmado la sesión poético-motivadora. Ha dicho: "Preferiría tomarme el agua de coco a oír esto". Y ha buscado un culpable: "Si no estuvieses todo el día con el artículo, el artículo, hubieses entrenado con Quique y ahora seríais mucho mejores". Quique ha dicho: "A mí me gustan los poemas".


A media mañana

Me bajé al patio a ver jugar a los alumnos al fútbol. En veinte años de docencia, era la primera vez que me ponía en la orilla del campo a mirar.

Cuando subí al ordenador, Leonor me había mandado esto:







El partido

Los partidos, en realidad, porque era una liguilla. No han sido tan temibles. En mi fuero interno, y porque uno se debe a sus lectores, yo esperaba salir en una camilla o así. Lo habrían contado con mucha pena de mi mismo y gracia para vosotros, pero nada. Los padres más deportivos se han apiadado y armado de paciencia con los más concienciados. He llegado a casa recordando a C. S. Lewis cuando cuenta el miedo de uno que va al dentista y que luego es un minuto y nada más. Es cierto que él lo usa como metáfora de la muerte, pero yo he salido vivo. Y Quique estaba muy contento comentando conmigo en la cena los lances de los encuentros ante una hermana muy resignada y una madre muy satisfecha.

Futuro

Acabo de recordar que me despedía de los padres muy contento diciéndoles: "Ea. Hasta la liguilla del año que viene".

martes, 23 de mayo de 2017

Partidazo


Mañana, en el colegio que será de Quique, hay un partido de fútbol de convivencia entre los alumnos de infantil que llegan y los de primero de primaria que los reciben a puerta gayola. Hasta ahí, genial. Lo malo es que los padres juegan y yo llevaba fácilmente unos 30 años sin jugar al fútbol. A mi espíritu deportivo le da una lástima muy grande romper una racha invicta tan portentosa. Pero, por lo visto, a Quique le hace ilusión la cosa y su madre ha ido corriendo a comprarme todo el equipo deportivo. 

Menos mal que el niño todavía no va poder juzgar demasiado mi nivel ni tampoco caerá en que ir con una equipación tan flamante como me ha comprado Leonor es un motivo de bochorno. Yo lo voy a dar todo.




domingo, 21 de mayo de 2017

Basallote


Entre mis múltiples prejuicios, desconfiar del poeta que no me llega de la mano de un poeta o de un crítico, sino de su familia o de un compañero de trabajo. Los prejuicios tienen de bueno que es mucho más fácil curarse de ellos que de nuestros juicios y uno lo hace incluso con un prurito de orgullo.

He leído los haikus de Francisco Basallote (Vejer de la Frontera, 1941-2015) porque su sobrina Caridad, que se merece que nos desprendamos de cualquier prejuicio como quien se quita el sombrero para saludarla, me prestó En los senderos del bosque, publicado en 2008 por la Sociedad Vejeriega de Amigos del País. Y me he alegrado muchísimo.

Mi selección:
 No dará más naranjas. 
De un solo tajo 
dos leños secos.
*

El cielo azul 
ha descendido al seto 
de las lavándulas.
*

Ensimismado, 
el cisne sólo existe 
en su reflejo.
*

Un haijun lava 
su túnica en el río 
y sus recuerdos. 



sábado, 20 de mayo de 2017

El guateque



Carmen se bajó llorando amargamente del autobús del colegio. Quería ir a la feria de Jerez. Todas sus amigas van. Todas. Menos ella. Ha salido a la madre, a la que yo había respondido  a lo mismo media hora antes: "¡Pero si te llevo a la feria [del libro] de Sevilla". No le había hecho mucha gracia. 




Ahora ella consolaba a su hija: "No llores, que tienes siete años y todas las ferias por delante. Yo tengo cuarenta, y mira, hija, cómo me aguanto".

Tuvimos que hacer un trabajo de consolación, en mi caso doble, y por fin salimos, parando antes en la zapatería, que era muy importante y yo no lo iba a discutir, naturalmente. 

A la mesa redonda llegamos a la hora en punto, como cronometrados. Estuvo muy bien, hasta de público, que superaba a los participantes, y entre los que había tantos aforistas o más como en la mesa, lo que la hacía redonda. Veía a Victoria León, a Antonio Rivero Taravillo, a Miguel Veyrat, a José Luis Piquero, a José Luna Borge, a Hilario Barrero...



Los problemas vinieron después. La organización nos invitaba a cenar (que es peor que pagarme un traje, como chestertónicamente se sabe:


) pero, antes de las nueve, quería pasarme por mi caseta de Renacimiento a decir "hola"; y también quería asistir -aunque fuese un poco- a la presentación del libro de Hilario Barrero en la galería de Enrique M. Parrilla, presentado por José Luna Borge. Tenía tres buenos motivos, y apenas tres cuartos de hora para hacerlo todo. Que eran cuartos menguantes.




La feria, aunque lo fuese del libro, estaba animadísima y propiciaba encuentros continuos y paradas. Como íbamos hacia allí Pedro Serna, Rafael Adolfo Téllez, José Mateos y yo, cada uno contribuía a la lentitud con sus propios conocidos y saludados. Y amigos: vino Ignacio Trujillo, y se unió felizmente al grupo. Saludé a un poeta cuyo poema al padre se me había traspapelado para la antología. Me dijo: "Malvado" y yo, que con el lío no le había oído, le dije: "Igualmente". Eso le hizo gracia, menos mal.

Al llegar (tarde) a la galería, la puerta (acristalada) daba a la mesa del poeta y sus presentadores (con músico incluido). Ellos nos veían en la calle, dudando si entrar o no. Nos invitaron a pasar con sonrisas, cabezadas y gestos con las manos. Interrumpimos el acto. Había bastante gente y unos columpios que había que sortear. Una vez dentro, ya no había sillas, y nos movimos bastante buscándolas. Cuando acabó el baile, ya estaba hablando un señor y yo miré la hora. Eran las nueve. De todos, Leonor y yo éramos los únicos que estábamos comprometidos con la cena. Confiando en la delicada y exquisita informalidad de la Baja Andalucía puse un SMS a Sánchez Menéndez (SMS: Sánchez Menéndez, Sálvame) diciendo que estábamos complicados y que tardaríamos un poco. Esperaba un "no te preocupes, nosotros estamos la mar de entretenidos en la feria saludando al público y a la crítica", pero la contestación fue: "Ya estamos sentados, tomando una cerveza, os esperamos todo lo que haga falta". El horror.

Había estado todo el tiempo con el teléfono en la mano. Hice una foto del aforo para justificarme.



(Obsérvese la puerta acristalada a la derecha de la mesa principal, al músico que interrumpimos a la izquierda con su vihuela y el columpio entre nosotros y la puerta.)

Me fui al anfitrión (véasele muy atento al borde derecho de la foto) a explicarle que teníamos que salir (aunque acabábamos de entrar) y que si no había una puerta de servicio o algo más discreto, una salida de incendios o un conducto de aire acondicionado. No. La única salida era la acristalada. Leonor, Ignacio y yo nos fuimos, haciendo morisquetas de disculpa a todos los asistentes. Tropecé con el columpio que se balanceó vacío, como en las películas de terror o en las que muere un niño.

En la puerta, propuse el tratamiento homeopático: que volviésemos a entrar para que el ridículo alcanzase las dimensiones de Peter Sellers en El guateque. Yo creo que a Ignacio le apeteció la idea, pero Leonor nos fulminó con la mirada.

Esa entrada por salida la sentí por Hilario Barrero y por su libro, que quisiera haberme comprado. Cuando termine de escribir esto, empezaré a redactar cartas apologéticas. He calculado por encima que tengo que escribir siete u ocho.

Aunque íbamos andando a buen ritmo y la noche era cálida, Ignacio empezó una historia apasionante de una talla de una Virgen que encontró en un ángulo oscuro cubierta de polvo y de su dueño tal vez olvidada, pero ya estábamos en la puerta del restaurante y la historia no había terminado y no podíamos dejarla a medias, sin la mano de nieve, así que sumamos la recreación al retraso. Llegamos tarde a la cena y sedientos. Fue deliciosa: la conversación, los platos y los vinos. Y los vinos. Salí en una nube, casi habiendo olvidado el destrozo de la presentación, que seguro que se repuso estupendamente en cuanto nosotros nos alejamos de ella.

En la AP-4 Sevilla-Cádiz, tras tantas emociones y tantos brindis, iba dando cabezadas, lo que me preocupaba más por el tradicional haiku de cada AP-4:


Nunca te duermas
conduciendo ni, menos,
haciendo un haiku.

Un haiku es pura vigilia, atención máxima. Leonor, que no es muy de haikus, iba dormida a mi lado, profundamente. Y yo empecé a preocuparme profundamente porque los carteles no decían más que habría controles de velocidad (sin problema), de drogas (ídem) y de alcohol (ejem). Cuando abandonamos la autopista, me decidí a despertarla para que condujese ella. Y me alegré de que no recuerde mis poemas, porque me podía haber echado en cara que antes la despertaba para otras cosas:




Se puso al volante (ella que hubiese querido ponerse la falda de volantes en la feria de Jerez) sin protestar. Qué buena es. Le di un beso.

viernes, 19 de mayo de 2017

Jacarandas


En todo hay clases, incluidas la jacarandas. Antes creía que su belleza dependía, sobre todo, del azul del cielo, por el contraste entre el azul y el añil. Pero los grados de excelencia son propios de los árboles. Depende de tres factores, he comprobado: 1) la amplitud de la copa; 2) la densidad de las flores; y 3) la intensidad del color.

También cuenta, añado, que no hayan barrido y que el suelo alrededor esté alfombrado de flores caídas. Aunque ahí interviene la maravillosa pereza del servicio de limpieza y no se puede imputar a la excelencia intrínseca del árbol.